Seguimos respirando esta historia que nos sostiene, y hoy queremos compartir los primeros pasos de lo que fue Nuestra Señora de la Caridad. Todo inicia con un sacerdote que comprende, asume y hace suyo el llamado que Dios le hizo desde su bautismo: San Juan Eudes. Él desafió, desde la misericordia, a estar en el mundo de un modo diferente, especialmente al servicio de las mujeres más vulnerables.
Fruto de su experiencia en las misiones, comprendió que no bastaba acogerlas en las casas; deseaba que recuperaran su dignidad. Y, a la vez, las Hermanas debían vivir la misma experiencia: confiar plenamente en el Señor y no temer arriesgarse en el camino trazado por su Fundador. Así, en 1641, su iniciativa se concreta en un compromiso duradero al servicio de estas mujeres. Más tarde, su espíritu se recoge en el Reglamento:
«Ellas han venido para aprender a conocer, amar y servir a Dios, y para empezar una vida totalmente nueva.» (OC X, p. 182)
Cada hermana sabía que su presencia atenta, respetuosa y discreta era camino de compasión hacia las mujeres acogidas, mirándolas como San Juan Eudes les enseñaba:
“Ellas son sus hermanas.”
Y sellando en su corazón la certeza que marcó nuestra espiritualidad:
«Un alma vale más que cien mil mundos.» (Const. Fund.)








